
Cuando la terapia no es lo que hacemos, sino cómo estamos
26/01/26La presencia del terapeuta como fundamento del proceso clínico
Por Lic. María Noel Anchorena
Hay momentos en la práctica clínica en los que, aun contando con claridad teórica, recursos técnicos y años de experiencia, algo no termina de acomodarse del todo.
Momentos en los que intuimos —a veces sin poder ponerlo en palabras— que lo que está en juego no es una intervención más, sino la calidad de nuestra presencia.
No hablo de hacer más. Hablo de cómo estamos cuando estamos.
Con el tiempo, y acompañando a muchas personas en distintos contextos terapéuticos y de formación profesional, fui reconociendo algo que hoy me resulta cada vez más evidente: la presencia del terapeuta no es un telón de fondo del proceso clínico, sino el fundamento silencioso desde el cual la experiencia terapéutica se despliega.
Más allá de la técnica
La formación tradicional nos entrena —y con razón— en modelos, técnicas, conceptualizaciones e hipótesis clínicas. Todo eso es necesario.
Pero rara vez se nos enseña cómo habitar el espacio terapéutico con una mente clara, un cuerpo disponible y un corazón suficientemente abierto como para sostener lo que emerge.
Y, sin embargo, sabemos —porque lo vivimos— que hay sesiones que transforman no tanto por lo que se dijo, sino por cómo fuimos capaces de estar.
La presencia allí no como ideal abstracto, sino como una práctica clínica viva, en la que nos comprometemos profundamente como profesionales de la salud.
La presencia también se entrena
Desde la psicoterapia contemplativa entendemos la presencia no como un rasgo personal ni como una cualidad innata reservada a algunos, sino como una capacidad entrenable.
Entrenable en un sentido muy concreto:
- aprender a reconocer cuándo estamos reactivamente involucrados y cuándo estamos comprometida y abiertamente disponibles
- notar cuándo nos alejamos de la experiencia del paciente
- volver, una y otra vez, a una escucha más amplia, más estable, más compasiva
No se trata de estar “perfectamente presentes”, sino de cultivar la capacidad de regresar. Regresar al cuerpo, volver a la respiración y desde allí al vínculo que se va desplegando momento a momento y que nos necesita realmente ahí.
La relación como espacio regulador
Desde la teoría polivagal sabemos que el sistema nervioso está constantemente preguntando: ¿es seguro estar aquí?
Antes de cualquier palabra, intervención o insight, el organismo del paciente evalúa el campo relacional.
Cuando el terapeuta sostiene una presencia suficientemente estable y encarnada, la relación misma comienza a regular. No porque “hagamos algo” en particular, sino porque ofrecemos señales claras de seguridad: un ritmo que no apura, una atención que no invade, una disponibilidad que no se retira frente a lo difícil.
En ese clima, la mente puede aquietarse y el cuerpo empieza a soltar estados de alerta o desconexión. La experiencia es recibida sin juicio, y lo vulnerable encuentra un lugar donde mostrarse sin necesidad de defenderse.
La presencia del terapeuta se vuelve entonces un ancla relacional. Un estar-con que no exige, no corrige, no se asusta.
Y es allí —en ese encuentro silencioso y sostenido— donde muchas veces comienza la verdadera transformación.
Te ofrezco una pregunta honesta para que puedas explorar.
Quizás la pregunta no sea:
“¿Qué técnica me falta?”
Sino:
“¿Desde dónde estoy escuchando?”
“¿Qué calidad de presencia estoy ofreciendo cuando el otro se muestra vulnerable?”
Estas preguntas no buscan respuestas rápidas. Te las ofrezco como una invitación a la práctica, como una puerta para abrir un espacio de investigación viva, comprometida y encarnada, allí donde la clínica deja de ser solo un saber aplicado y se convierte en un encuentro profundamente humano.
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