
El puente entre las prácticas contemplativas y la psicoterapia contemporánea
28/01/26por María Noel Anchorena
Durante muchos años, las prácticas contemplativas y la psicoterapia parecieron habitar mundos separados. Por un lado, la clínica psicológica, con su énfasis en el diagnóstico, la intervención y la evidencia empírica. Por otro, prácticas de entrenamiento de la atención y la conciencia que, para muchos profesionales, quedaban asociadas a contextos culturales o a lenguajes difíciles de integrar en la práctica clínica occidental.
Sin embargo, en las últimas décadas algo empezó a cambiar.
Hoy contamos con un cuerpo creciente y sólido de investigación que nos permite hablar de atención plena (mindfulness), regulación emocional y compasión desde un lenguaje psicológico, neurobiológico y clínico.
La psicoterapia contemplativa nace justamente en ese punto de encuentro: allí donde la experiencia directa y la investigación científica dejan de oponerse y comienzan a dialogar.
Prácticas contemplativas como procesos psicológicos
Desde este enfoque, prácticas como la atención plena o el mindfulness y la compasión no se entienden como técnicas de relajación ni como ejercicios aislados, sino como procesos psicológicos entrenables.
Procesos que impactan directamente en:
- la regulación del sistema nervioso
- la relación con la experiencia interna
- la flexibilidad psicológica
- la calidad de la relación terapéutica
- la capacidad de acción consciente y comprometida
Esto nos permite integrar lo contemplativo ampliando el marco de una psicoterapia moderna basada en evidencia, sin perder precisión ni profundidad clínica.
Neurociencia y cambio terapéutico
Los aportes de la neurociencia —y en particular de la neurociencia contemplativa— han sido claves para este diálogo. Hoy sabemos que la manera en que atendemos a la experiencia modifica patrones neuronales, fortalece circuitos de autorregulación y amplía la capacidad de responder en lugar de reaccionar.
Desde esta perspectiva, entrenar la atención y la conciencia no es un agregado opcional, sino una vía concreta para facilitar procesos de cambio terapéutico sostenido, tanto en pacientes como en profesionales.
Integrar sin forzar
Integrar ciencia contemplativa no implica cambiar de modelo ni abandonar la identidad clínica.
Implica ampliar el marco: sumar profundidad sin perder rigor, incluir el cuerpo sin abandonar la conceptualización, trabajar con la experiencia directa sin renunciar al criterio clínico.
Integrar ciencia contemplativa no es una moda ni una técnica más, es una invitación a revisar desde dónde acompañamos, cómo escuchamos, cómo comprendemos al ser humano y qué tipo de presencia ofrecemos.
Tal vez el verdadero puente no esté sólo entre disciplinas, sino dentro del propio terapeuta:
entre saber y experiencia, entre teoría y cuerpo y entre hacer y estar.
Integrar ciencia contemplativa en psicoterapia no es sumar algo externo, sino recordar una dimensión esencial del trabajo clínico: la calidad de la conciencia con la que acompañamos. Cuando atención, cuerpo y presencia se alinean, la psicoterapia deja de ser solo un conjunto de intervenciones y se convierte en un proceso vivo, capaz de sostener el sufrimiento y facilitar transformaciones genuinas.
Y siento profundamente que es allí —en ese punto de integración viva— donde la psicoterapia recupera algo esencial: su capacidad de ser, al mismo tiempo, rigurosa y profundamente humana.
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